Elección de Luis y Celia

Luis y Celia, ambos se interrogaron relativamente a una vocación religiosa, pero, con esa misma confianza en Dios, se entregaron al matrimonio.

El hogar de Luis y Celia, fue, para sus hijas un espacio privilegiado donde encontraron cariño y donde se les transmitió la fe.

En esa casa, en la intimidad del ambiente familiar y de la vida domestica, todos dieron y recibieron.

Arrodeados por todas las preocupaciones profesionales, los padres supieron comunicar a sus hijas desde muy pequeñitas, los primeros enseñamientos de la fe. Fueron los primeros maestros, iniciándolas a la oración, el amor y el conocimiento de Dios, mostrándoles como ellos rezaban también juntos o solos, y acompañándolas a misa o visitando al Santo Sacramento.

Les enseñaron la oración, no solamente pidiéndolas que rezaran, pero transformando la casa en una verdadera escuela de oración. Les explicaron lo importante que era de permanecer con Jesús, escuchando los evangelios.

Celia pidió a Dios muchos hijos para dedicárselos, también pedía a los mayores que rezaran para que les viniera un hermano que, un día, iría por el mundo repartiendo la hostia. Celia tenía el deseo de ofrecer un sacerdote a Dios que sería misionario. Luis y Celia ayudaban mucho a los misionarios. Fueron de los primeros a sostener la obra de propagación de la fe que fundió Paulina Jaricot.

Luis aceptó con fe la vocación de sus hijas. Cuando Celina le anunció que entraba al Carmel en junio de 1888, dijo “Ven, vamos juntos delante del Santo Sacramento, y  demos Gracias al Señor que me hace el honor de cogerme todas mis hijas.”

¡Tanto querían un hijo misionario! Si hubieran podido levantar el velo del futuro, hubieran visto que sería a través de mí que se cumplirían sus deseos.” – Sta. Teresita (carta al padre Roulland).