Celia, mujer moderna

La historia de Celia fue la de una hija del siglo XIX, heredera de su época.

Segunda hija de Isidoro Guérin y de Luisa Macé, Acelia María Guérin (siempre se la llamó Celia) nació el 23 de diciembre de 1831 en Gandelain, perteneciente al municipio de San Denis sur Sarthon, Orne, donde su padre, antiguo soldado del imperio, era gendarme.

Fue bautizada al día siguiente de su nacimiento en la iglesia de San Denis sur Sarthon. Tuvo una hermana, Mª Luisa, dos años mayor. Diez años después nació un hermano, Isidoro, que fue el niño mimado de la familia.

La misma Celia definió su infancia y juventud en una carta a su hermano como: ”tristes como un sudario pues, si mi madre te consentía a ti, fue demasiado severa conmigo, tú lo sabes. Aunque era muy buena, no sabía llevarme y mi corazón sufrió mucho.”

Esta educación marcará su carácter y  su forma muy escrupulosa de vivir su espiritualidad.

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Celia, mujer activa, jefe de empresa, comprometida con la justicia 

Después de sus estudios en el convento de la Adoración Perpetua de la calle Lancrel, de Alençon, se sintió llamada a la vida religiosa pero, ante la negativa de la superiora de las Hermanas de la Caridad del Hospital de la ciudad, se orientó hacia una vocación profesional y se inició, con éxito, en la fabricación del célebre encaje de Alençon. A finales de 1853, se instaló como fabricante del mismo en el número 36 de la calle San Blas, empleando a obreras que realizaban el trabajo en sus casas.

La calidad de su trabajo dio gran fama a su taller. Las relaciones que mantuvo con sus trabajadoras, a las que consideraba como de la familia, con sus vecinos y conocidos nos la muestran siempre dispuesta a combatir las injusticias y ayudar a los que tenían necesidad. El Evangelio fue la ley de todas sus acciones.

Celia, esposa amante

En el mes de abril de 1858, Celia Guérin se cruzó en el puente de San Leonardo con un joven cuyo aspecto la impresionó… Era Luis Martin, el relojero. Tres meses después, el 12 de julio, a las 10 de la noche, tuvo lugar el matrimonio civil y dos horas más tarde, a las 12 de la noche, como era costumbre en aquel tiempo, sellaron su compromiso en la iglesia de Nuestra Señora. Presidió el matrimonio el abate Hurel, decano de la iglesia de San Leonardo.

El amor que sentía a su marido lo expresó Celia con las siguientes palabras: ”Tu mujer que te  ama más que a su vida.” ”Te abrazo tanto como te amo…” Y estas frases no eran sólo palabras. Su felicidad consistió en estar junto a su esposo y compartir con él su vida cotidiana bajo la mirada de Dios.

Celia, madre feliz y probada

De 1860 a 1873, nacieron nueve hijos en el hogar de los Martin de los que cuatro murieron cuando eran muy pequeños.

Celia experimentó alegrías y sufrimientos al ritmo de esos nacimientos y de esas muertes. Leemos en su correspondencia: ”Me gustan los niños con locura, he nacido para tenerlos…”

Poco después del nacimiento de Teresita, su última hija, escribió: ”He sufrido mucho en esta vida.” La educación de sus hijas movilizó toda la energía de su corazón. El alma de dicha educación fue la confianza. Deseó lo mejor para sus hijas…¡que fueran santas! Deseo que no le impidió organizar fiestas, juegos ¡La familia supo divertirse!

Celia, enferma pero llena de confianza

Desde 1865, un tumor en el seno derecho, que degeneró en cáncer, hizo sufrir mucho a Celia: ”Si Dios quiere curarme, estaré muy contenta porque, en el fondo deseo vivir; me cuesta dejar a mi marido y a mis hijas. Pero, por otra parte pienso: si no me curo será porque, quizá, será más útil que me vaya.“ El 28 de agosto de 187,7 a las 12,30 de la noche, murió rodeada de su marido y de su hermano.

Dejemos que Teresita diga las últimas palabras su madre: ”De mamá amaba la sonrisa, su mirada profunda que parecía decir: ”La eternidad me fascina y atrae, quiero ir al cielo para ver a Dios.”